viernes, 26 de junio de 2009

Eternidad

Siempre había sido una persona ordenada. Ordenada en el hacer, ordenada en el pensar. Con meticulosidad rayando lo obsesivo.

Le encantaba escribir cartas en papel de color, doblado en tres mitades exactas antes de embutirlas en sobres sin mácula. Cartas de exactos márgenes y renglones sin la más imperceptible inclinación. Y narraba los hechos con limpieza, con nitidez. Exponía ideas de forma concienzuda, pero sencilla. Remarcando los hechos importantes. Nada sobraba. Presentación, nudo, desenlace.

En sus citas, era puntual. Concretaba lugar, fecha y hora, y comparecía según lo acordado. Acudía preparado: elaboraba previamente una relación de ocupaciones y pasatiempos destinados a llenar el tiempo de espera; y es que, irremediablemente, siempre le correspondía a los otros la impuntualidad.

Sus libros, en casa, siempre estaban ordenados. A veces por editorial, a veces por tamaño, a veces por género, a veces por autor. Libros pulcros, cuidados con esmero. Que manipulaba con delicadeza, usando guantes de gamuza y haciendo gala de una delicadeza exquisita con sus manos para evitar dañar sus páginas. De hecho, anotaba en una libreta las páginas en las que había abandonado al lectura de cada volumen. La mera idea de hacer la más mínima marca en alguna de las páginas, incluso del libro menos precioso, le resultaba perturbadora.

Planificaba su vida con premeditación. Trataba de anticiparse al futuro. Seguía, con firmeza, directrices trazadas mucho tiempo atras. Disfrutaba de la amistad de personas de refinados gustos y probadas cualidades. Manifestaba arraigadas y sanas costumbres. Su desempeño laboral era ejemplar y disciplinado.



Pero, una mañana, todo cambió.



Quizás fue el rayo de sol que se coló por la ventana abierta.

Quizás fue el soplo de aire fresco que lo acompaño. Brisa de mar, que le trajo el rumor de las olas.

Quizas fue la risa de un chiquillo. O el errático aleteo de la mariposa aterrizada en la punta de la nariz del chiquillo.



Mil millones de relojes, por todo el globo, se detuvieron.

Sus engranajes saltaron. Como si mil millones de minúsculos granos de arena se hubiesen introducido bajo mil millones de esferas. Deteniendo el incansable tic-tac. Atenazando a las inquietas manecillas.



¿Cómo explicarlo? ¿Cómo explicar que nada tenía ya sentido? ¿Cómo explicar que su meticulosa y ordenada vida se veia, ahora, a sus ojos, como inútil e incoherente?

Había cedido. Por primera vez, desde el inicio del tiempo. Interrumpió su metódica tarea. Su trabajo. Se levantó, y se fué.

Nadie lo vió. Y nadie, por tanto, pudo seguir por él. Añadiendo, segundo a segundo, desde siempre y para siempre, los eslabones del tiempo.


Es el tiempo de la eternidad.







"¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, mas si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé."

Las confesiones. San Agustín