Pero, tras un destello cegador, la luz mudó en miles de fragmentos de cristal que laceraron sus corazones. Y las palabras brillantes tornaron primero opacas, y después transparentes, mostrando su verdad, vana y vacía.
Ese fue el fin del dueño de las palabras. El hombre hecho a sí mismo. La gran esperanza blanca. El profeta anhelado, cuyo discurso embriagaba conciencias y arrastraba voluntades.
Su meteórico ascenso terminó ese día. El día que alguien le robó las palabras.



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